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Cuanta Tierra Necesita Un Hombre - Leon Tolstoi

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Cuanta Tierra Necesita Un Hombre - Leon Tolstoi

Mensaje por krat0z.oxa el Lun Jul 30, 2012 5:37 pm

I
Una hermana mayor fue al campo a visitar a su
hermana menor. La mayor vivía en la ciudad y estaba
casada con un comerciante; la menor, mujer de un
campesino, residía en la aldea. Las hermanas bebieron
té y charlaron. La mayor empezó a alabar las ventajas
de vivir en la ciudad, comentando qué espaciosa y
limpia era su casa, qué bien vestidos iban, qué elegantes
prendas lucían sus hijos, cuántas cosas buenas comían y
bebían, cómo iba en carroza, acudía al teatro e iba de
paseo.
La menor, sintiéndose ofendida, empezó a
menospreciar la vida de los comerciantes y a ponderar
la de los campesinos.
—No cambiaría mi vida por la tuya —dijo—. Será
todo lo gris que quieras, pero no sabemos lo que es el
miedo. Es verdad que vuestro estilo de vida es más
refinado, pero no es menos cierto que, aunque algunas
veces obtenéis grandes ganancias, al día siguiente
podéis perderlo todo. Recuerda lo que dice el
proverbio: «La ganancia es hermana de la pérdida». A
menudo sucede que hoy eres rico y mañana estás
mendigando un pedazo de pan. En cambio, la vida del
campesino es más segura: modesta, pero larga; nunca
seremos ricos, pero siempre tendremos qué comer.
Entonces la mayor dijo:
—¡Ya! ¡En compañía de cerdos y terneros! ¡Sin
ninguna elegancia ni modales! Por mucho que se afane
tu marido, viviréis entre estiércol y entre estiércol
moriréis; y la misma suerte conocerán vuestros hijos.
—¡Qué se le va a hacer! —replicó la menor—.
Nuestras labores lo exigen. Pero en cambio nuestra
posición es más firme; no tenemos que inclinarnos ante
nadie y a nadie tememos. Vosotros, en la ciudad, vivís
rodeados de toda clase de tentaciones; hoy todo va
bien, pero mañana el demonio puede tentar a tu marido
con las cartas, el vino o una hermosa mujer. Y todo se
convertirá en polvo. ¿Acaso no sucede así a menudo?
Pajom, el dueño de la casa, estaba tumbado en lo
alto de la estufa y escuchaba lo que decían las mujeres.
—Es la pura verdad —exclamó—. Ocupados
desde pequeños en cultivar a nuestra madre tierra, no
tenemos tiempo de pensar siquiera en tonterías. ¡La
única pena es que disponemos de poca tierra! ¡Si
tuviera toda la que quisiera, no tendría miedo de nadie,
ni siquiera del diablo!
Las mujeres acabaron de beber el té, charlaron un
rato de vestidos, recogieron la vajilla y se fueron a la
cama.
El diablo se había sentado detrás de la estufa y lo
había escuchado todo. Se había alegrado mucho de
que la mujer del campesino hubiera inducido a su
marido a alabarse: se había jactado de que, si tuviese
mucha tierra, no temería ni siquiera al diablo.
«De acuerdo —pensó el diablo—. Haremos una
apuesta tú y yo: te daré mucha tierra y gracias a ella te
tendré en mi poder.»


II
Cerca de la aldea vivía una pequeña propietaria,
dueña de una hacienda de ciento veinte desiatinas.
Antes siempre había vivido en paz con los mujiks, sin
perjudicarlos en modo alguno. Pero un día contrató
como administrador a un soldado retirado, que empezó
a abrumarlos con multas. Por muy atento que estuviera
Pajom, tan pronto un caballo se metía en un campo de
avena como una vaca se colaba en el huerto o las
terneras entraban en los prados; y cada vez recibía una
multa.
Pajom pagaba y luego, en casa, insultaba y pegaba
a los suyos. Aquel verano tuvo tantos quebraderos de
cabeza por culpa de ese administrador que se alegró
cuando llegó el momento de encerrar el ganado en los
establos; aunque le molestaba tener que procurarse
forraje, al menos estaría libre de temores.
Durante el invierno corrió la voz de que la señora
quería vender la tierra y ya estaba en tratos con el
posadero del camino real. Los campesinos recibieron la
noticia con no poca inquietud. «Si el posadero se queda
con la tierra —pensaban— nos acribillará a multas;
estaremos aún peor que con la señora. No podemos
vivir sin esa tierra; la compraremos entre todos.»
Así pues, una asamblea de campesinos fue a ver a
la señora para rogarle que no vendiera la tierra al
posadero y le ofrecieron pagar un precio más alto. La
señora aceptó. Los campesinos trataron de concertarse
para comprar toda la tierra; se reunieron una vez y
después otra, pero no se pusieron de acuerdo. El
diablo sembró la discordia entre ellos y no fueron
capaces de alcanzar un compromiso. Entonces los
campesinos decidieron comprar parcelas individuales,
cada cual según sus medios. La señora aceptó también
esa solución. Pajom se enteró de que su vecino había
comprado veinte desiatinas a la señora, que había
aceptado aplazar la mitad del pago hasta el año
siguiente. Lleno de envidia, pensó: «Comprarán toda la
tierra y yo me quedaré sin nada». Entonces decidió
hablar con su mujer.
—Todos compran —dijo—.También nosotros
deberíamos comprar unas diez desiatinas.
Así no podemos seguir: ese administrador va a
acabar con nosotros a fuerza de multas.
Se pusieron a pensar en lo que podrían hacer para
comprar esa tierra. Habían ahorrado cien rublos;
vendieron el potro y la mitad de las colmenas,
mandaron al hijo a trabajar y Pajom pidió un préstamo
a su cuñado; de ese modo lograron reunir la mitad del
dinero.
Una vez amasada esa suma, Pajom eligió una
parcela de quince desiatinas con un bosquecillo y fue a
tratar con la señora. Llegaron a un acuerdo, se
estrecharon la mano y Pajom entregó una señal. Luego
fueron a la ciudad para firmar el acta de compraventa;
él entregó la mitad del dinero y se comprometió a pagar
el resto en dos años.
Así fue como Pajom adquirió esa tierra. Compró
semillas a préstamo y sembró. La cosecha fue tan
buena que al cabo de un año consiguió saldar las
deudas con la señora y con su cuñado. Y Pajom se
convirtió en propietario: araba, sembraba y segaba
heno en su propia tierra; talaba sus propios árboles y
sacaba a pastar al ganado a sus propios prados.
Cuando iba a arar sus campos o se quedaba mirando
los sembrados y las praderas, su corazón se exultaba
de alegría. Hasta tenía la impresión de que las hierbas y
las flores eran diferentes ahora. Antes, cuando pasaba
por aquellas tierras, le parecían como las demás; ahora
se le antojaban completamente distintas.


III
Pajom estaba muy satisfecho con su vida. Todo
podría haber ido bien, pero los campesinos vecinos
empezaron a hollar sus sembrados y sus prados. Les
pidió por favor que no lo hicieran, pero no hubo
manera: tan pronto los pastores dejaban pasar las vacas
a los prados como los caballos que pastaban de noche
entraban en sus sembrados. Al principio Pajom los
echaba y perdonaba a los propietarios, pero luego
perdió la paciencia y fue a quejarse al tribunal del
distrito. Sabía que el comportamiento de los
campesinos obedecía a su pobreza, que no lo hacían
con mala intención, pero pensó: «No puedo dejar así
las cosas; si no, acabarán con todo. Hay que darles una
lección».
Así pues, con la ayuda del tribunal, les dio una
lección y luego otra; uno o dos campesinos fueron
condenados a pagar una multa. Sus vecinos empezaron
a cogerle ojeriza; volvieron a causar estragos en sus
campos, esta vez a propósito. Una vez uno de ellos
entró en su bosquecillo y taló diez jóvenes tilos para
aprovechar la corteza. Al pasar un día por el bosque,
Pajom creyó ver algo blanco. Se acercó y vio los
troncos por el suelo, al lado de los tocones. Si al menos
hubiera cortado los de los bordes y hubiese dejado uno
aquí y allá, pero el muy canalla había cortado uno
detrás de otro. Pajom se enfureció. «Ah, si pudiera
saber quién ha sido —pensó— ¡se lo haría pagar.»
Tras darle muchas vueltas, llegó a la conclusión de que
solo podía haber sido Siomka. Fue al patio de Siomka
a echar un vistazo, pero no descubrió nada y acabó
discutiendo con él. No obstante, plenamente
convencido de su culpabilidad, puso una denuncia.
Juzgaron a Siomka, pero el tribunal lo absolvió por falta
de pruebas. Pajom se ofendió aún más y riñó con los
jueces y con el jefe de la aldea.
—Estáis confabulados con los ladrones —dijo—.
Si respetarais la justicia, no soltaríais a esos maleantes.
Pajom discutió con los jueces y con los vecinos,
que le amenazaron con prender fuego a su casa. En
definitiva, aunque Pajom tenía muchas mas tierras, su
posición era peor que antes.
Por esa época corrió el rumor de que la gente
emigraba a lugares nuevos. «No tengo ninguna razón
para marcharme de mis tierras —pensó Pajom—, pero
si algunos de nuestros vecinos se fueran, viviríamos con
más holgura. Me quedaría con sus tierras y ampliaría
mis propiedades. Entonces viviríamos mejor. Ahora
padecemos demasiadas estrecheces.»
Un día en que se hallaba en casa llamó a la puerta
un mujik que pasaba por la aldea. Pajom le ofreció un
lecho donde dormir, le dio de comer y charló con él.
Entre otras cosas Pajom le preguntó de dónde venía. El
mujik le dijo que venía de más allá del Volga, donde
había estado trabajando. Poco a poco el mujik le contó
que mucha gente se estaba estableciendo en aquellos
lugares.
—Han venido campesinos de fuera, se han inscrito
en el Registro y han recibido diez desiatinas por
cabeza —dijo—. Es una tierra tan buena que si
siembras centeno crece paja, hasta alcanzar la altura de
un caballo, y tan grueso que cinco puñados forman un
haz. Un mujik pobre de solemnidad —añadió—, que
llegó sin un céntimo en el bolsillo, ahora tiene seis
caballos y dos vacas.
Muy excitado, Pajom, pensó: «¿Por qué pasar
apuros y estrecheces aquí cuando se puede vivir mejor
en otro lugar? Venderé mis tierras y mi casa y con ese
dinero me estableceré y llevaré mi propia hacienda.
Aquí, con tantas apreturas, no hay quien viva. Pero
antes es preciso que vaya a enterarme de todo en
persona».
Ese mismo verano preparó lo necesario y partió.
Descendió por el Volga en un vapor hasta Samara y a
partir de allí cubrió a pie unas cuatrocientas verstas.
Llegó al lugar y comprobó que todo lo que había oído
era cierto. Los campesinos vivían con holgura; cada
hombre recibía diez desiatinas y en el Registro
inscribían de buena gana a los recién llegados. Si
alguien llegaba con dinero, además de la parcela que se
le asignaba, podía comprar, con derecho a
perpetuidad, toda la tierra que quisiera. La tierra de
mejor calidad se vendía a un precio de tres rublos la
desiatina. ¡Podía uno comprar cuanto se le antojara!
Una vez enterado de todo, Pajom regreso a su casa
en otoño y empezó a vender cuanto tenía. Vendió la
tierra con beneficio, vendió la casa, vendió todo el
ganado, se dio de baja en el Registro y, cuando llegó la
primavera, partió con su familia a esos nuevos lugares.


IV
Una vez allí, Pajom se inscribió en el Registro de una
gran aldea. Ofreció de beber a los ancianos y puso en
orden todos los papeles. Como su familia se componía
de cinco personas, le entregaron cincuenta desiatinas
de tierra en campos diferentes, con los pastos aparte.
Pajom se estableció y compró ganado. Ahora tenía tres
veces más tierra que antes, contando solo la que le
habían asignado. Y era una tierra estupenda para el
cultivo del cereal. Su situación era diez veces mejor.
Había gran abundancia de pastos y de tierras de labor y
podía tener todo el ganado que quisiese.
Al principio, mientras se ocupaba de la
construcción de la casa y de todos los preparativos,
estaba muy contento; pero una vez que se acostumbró,
también esa tierra le pareció poca. El primer año Pajom
sembró trigo en la tierra asignada y obtuvo una buena
cosecha. Le hubiera gustado sembrar más, pero había
poca para distribuir y la que tenía ya no le servía, pues
en esas regiones el trigo se siembra en tierras incultas o
cubiertas de hierba; siembran un año o dos y luego
dejan la tierra en barbecho hasta que vuelve a cubrirse
de hierba. Eran muchos los que querían esa tierra y no
había suficiente para todos. Así pues, surgían disputas.
Los más ricos querían cultivarlas y los más pobres se
las arrendaban a los comerciantes a cambio del pago
de la contribución. Pajom quería sembrar más tierra. Al
segundo año fue a ver a un mercader y arrendó tierras
por un año. En suma, pudo sembrar más y obtuvo una
buena cosecha, pero aquellas tierras estaban lejos de la
aldea: había que cubrir quince verstas con los carros. Al
cabo de algún tiempo Pajom advirtió que algunos
campesinos-comerciantes de los alrededores vivían en
granjas y se enriquecían. «No estaría mal si yo también
pudiera comprar tierras a perpetuidad y construirme
una granja —se dijo—. Así lo tendría todo a la puerta
de casa.» A partir de ese momento Pajom no pensó en
otra cosa.
Vivió de ese modo por espacio de tres años.
Arrendaba tierras y sembraba trigo. Esos años las
cosechas fueron buenas y Pajom empezó a ganar
dinero. Vivía bien, pero le molestaba pagar cada año el
arriendo de la tierra y tener que luchar por ella; porque,
allí donde había una buena parcela, acudían enseguida
otros campesinos y la acaparaban toda; así que, si no
llegaba a tiempo se quedaba sin tierra para sembrar. El
tercer año arrendó a medias con un mercader un prado
de unos campesinos; habían empezado a ararlo cuando
los campesinos les pusieron un pleito y el trabajo se
perdió. «Si hubiera tenido mi propia tierra —pensaba
—, no habría tenido que rendir cuentas a nadie y me
habría ahorrado todos estos disgustos.»
Y empezó a informarse de dónde podía comprar
tierra a perpetuidad. Al poco tiempo conoció a un
mujik que había comprado quinientas desiatinas, pero
se había arruinado y las vendía a un buen precio. Pajom
entabló negociaciones con él. Tras mucho regatear, se
pusieron de acuerdo en una suma de mil quinientos
rublos, mitad al contado y mitad a plazos. Habían
cerrado ya el acuerdo, cuando un día un comerciante
de paso se detuvo en casa de Pajom para dar de
comer a los caballos. Bebieron un poco de té y
charlaron. El comerciante le contó que venía de la
lejana región de los bashkirios, donde había comprado
cinco mil desiatinas de tierra por mil rublos. Pajom le
hizo algunas preguntas y el comerciante dijo lo siguiente:
—Solo hay que ganarse la voluntad de los
ancianos. Les he regalado batas y alfombras por valor
de cien rublos, además de una caja de té; y he dado
vino a los que les gusta la bebida. De ese modo he
comprado la tierra a veinte kopeks la desiatina —le
enseñó el acta de compraventa y añadió—: La tierra
está a la orilla de un río y toda la estepa está cubierta
de hierba.
Pajom le hizo más preguntas y el comerciante dijo:
—Hay tanta tierra que no podrías recorrerla en un
año. Y toda pertenece a los bashkirios, que son tan
inocentes como corderos. Se puede conseguir la tierra
casi de balde.
«¿Por qué voy a pagar mil rublos por quinientas
desiatinas —pensó Pajom— y a contraer una deuda,
cuando con esa misma cantidad puedo conseguir allí
toda la tierra que se me antoje?»


V
Pajom preguntó al comerciante cómo podía llegar
hasta allí y, en cuanto lo acompañó a la puerta, empezó
a hacer los preparativos para el viaje. Confió la casa a
su mujer y partió acompañado de un trabajador. Al
pasar por la ciudad, compraron una caja de té, regalos
y vino, como el comerciante le había aconsejado.
Recorrieron unas quinientas verstas y al séptimo día
llegaron a un campamento bashkirio. Todo era como el
mercader le había dicho. Los bashkirios vivían en la
estepa, a la orilla del río, en kibitkas de fieltro. No
cultivaban la tierra ni comían pan. Su ganado y sus
caballos vagaban en rebaños por la estepa. Tenían los
potros atados a las kibitkas y dos veces al día llevaban
allí las yeguas, cuya leche utilizaban para elaborar
kumis. Las mujeres batían el kumis y preparaban
queso; los hombres no hacían nada: bebían kumis y té,
comían carne de cordero y tocaban el pífano. De
aspecto saludable y ánimo alegre, pasaban el verano de
fiesta. Eran ignorantes y no hablaban ruso, pero se
mostraban acogedores con los forasteros.
En cuanto vieron a Pajom, salieron de sus kibitkas
y le rodearon. Encontraron un intérprete. Pajom les dijo
que había venido para comprar tierra. Los bashkirios se
alegraron mucho, llevaron a Pajom a una de las mejores
kibitkas, le hicieron sentarse sobre alfombras, le
pusieron debajo cojines de plumas, se acomodaron a
su alrededor y empezaron a agasajarlo con té y kumis.
Mataron un cordero y le dieron de comer. Pajom cogió
los regalos que llevaba en el carro y los distribuyó entre
los bashkirios; a continuación dividió el té entre todos.
Los bashkirios se alegraron mucho, charlaron entre
ellos y luego pidieron al intérprete que tradujera sus
palabras.
—Me ordenan que te diga —dijo el interprete—
que les has caído bien y que tenemos por costumbre
agasajar a nuestros huéspedes todas las maneras
posibles e intercambiar regalos con ellos. Tú nos has
hecho varios obsequios; ahora debes decirnos qué es lo
que más te gusta de lo que tenemos para que podamos
ofrecértelo.
—Lo que más me gusta es vuestra tierra —dijo
Pajom—. La nuestra es escasa y está agotada; entre
vosotros, en cambio, la tierra es buena y abundante.
Nunca la había visto igual.
El intérprete tradujo. Los estuvieron deliberando un
buen rato. Pajom no comprendía lo que decían, pero
veía que estaban alegres, porque gritaban y reían.
Luego guardaron silencio y se quedaron mirando a
Pajom, mientras el intérprete decía:
—Me piden que te comunique que, a cambio de
tus regalos, te entregarán toda la tierra que desees. No
tienes más que indicarnos cuál quieres y será tuya.
Los bashkirios se pusieron a hablar de nuevo,
discutiendo entre ellos alguna cuestión. Pajom preguntó
qué estaban diciendo y e inérprete le contestó:
—Unos aseguran que primero hay que consultar
con el jefe y que no se puede hacer nada en su
ausencia, mientras otros opinan que no es necesario su
consentimiento.


VI
Mientras los bashkirios discutían, llegó un hombre
con un gorro de piel de zorro.
Todos guardaron silencio y se pusieron en pie. El
intérprete dijo:
—Es el jefe.
Sin perder tiempo, Pajom sacó la mejor bata que
llevaba y se la ofreció, así como cinco libras de té. El
jefe aceptó los regalos y se sentó en el puesto de
honor. A continuación los bashkirios empezaron a
decirle algo. El jefe los escuchó, hizo una señal con la
cabeza para que se callasen y se puso a hablar con
Pajom en ruso.
—Pues claro —dijo—. Elige la que más te guste.
Hay tierra de sobra.
«Pero ¿cómo hago para coger toda la que quiera?
—pensó Pajom—. Hay que ponerlo por escrito de
algún modo. De otro modo, pueden decirme que es mía
y luego quitármela.»
—Os agradezco vuestras amables palabras —dijo
—. Tenéis mucha tierra y yo solo necesito una poca.
Pero me gustaría saber cuál es mía. Quisiera medirla de
algún modo y poner por escrito que me pertenece.
Porque la vida y la muerte están en manos de Dios.
Vosotros sois buenoos y me la dais; pero tal vez
vuestros hijos me la quiten.
—Tienes razón —dijo el jefe—. Se puede poner
por escrito.
—He oído que hace poco vino a veros un
mercader—continuó Pajom—, al que también
ofrecisteis un poco de tierra y con el que firmasteis un
acta de compraventa. Me gustaría hacer lo mismo.
El jefe comprendió lo que quería.
—Se puede hacer así —dijo—. Tenemos un
escribiente. Iremos a la ciudad y pondremos todos los
sellos necesarios.
—¿Y cuál será el precio? —preguntó Pajom. —
Tenemos un solo precio: mil rublos por jornada.
Pajom no comprendió. —¿Qué clase de medida es
una jornada? ¿Cuántas desiatinas tiene?
—Nosotros no sabemos contar de ese modo —
dijo el jefe—. Vendemos por jornadas.
Toda la tierra que consigas recorrer en una jornada
será tuya, al precio de mil rublos.
Pajom se sorprendió.
—En un día entero se puede recorrer mucha tierra
—dijo.
El jefe se echó a reír.
—¡Toda será tuya! —dijo el jefe—. Pero con una
condición: si antes del anochecer no has vuelto al punto
de partida, perderás el dinero.
—¿Y cómo vamos a marcar los lugares por los que
pase? —preguntó Pajom.
—Nos colocaremos en el lugar de partida y nos
quedaremos allí, mientras tú vas y vuelves. Llevarás un
azadón para hacer señales donde sea necesario; harás
un agujero en cada extremo y dejarás al lado un
montón de hierba; más tarde nosotros pasaremos con
el arado de un agujero a otro. Puedes hacer el
recorrido que quieras, pero debes regresar al punto de
partida antes de que se ponga el sol. Todo el terreno
que logres abarcar será tuyo.
Pajom se puso muy contento. Decidieron empezar
por la mañana temprano. Estuvieron hablando un rato,
tomaron más kumis, comieron un poco de cordero y
volvieron a beber té. Cuando se hizo de noche, los
bashkirios ofrecieron a Pajom un lecho de plumas y se
separaron. Prometieron reunirse al amanecer, para
llegar al lugar señalado antes de la salida del sol.


VII
Pajom se tendió en el lecho de plumas, pero no pudo
conciliar el sueño. Seguía pensando en la tierra.
«Marcaré una parcela muy grande. En una jornada
puedo recorrer unas cincuenta verstas. En esta época
un día dura tanto que parece un año. Y en cincuenta
verstas hay un montón de tierra. La peor la venderé o
se la dejaré a los mujiks y yo me quedaré con la mejor
y la cultivaré con mis propias manos. Compraré dos
bueyes para el arado y contrataré al menos dos
trabajadores; sembraré medio centenar de verstas y
dejaré el resto para que paste el ganado», pensaba.
Pajom no pegó ojo en toda la noche, pero justo
antes del amanecer se quedó adormilado y tuvo un
sueño. Estaba tumbado en esa misma kibitka y oía que
alguien se estaba riendo fuera. Quiso saber de quién se
trataba y se levantó. Cuando salió de la kibitka vio al
jefe de los bastidnos; estaba sentado y, sujetándose la
panza con las dos manos, se balanceaba y se reía a
carcajadas. Pajom se acercó y le preguntó:
—¿De qué te ríes?
Entonces se dio cuenta de que no era el jefe de los
bashkirios, sino el mercader que había pasado
recientemente por su casa y le había hablado de esas
tierras. Pero en cuanto le pregunto si llevaba mucho
tiempo allí, advirtió que ya no era el mercader, sino
aquel mujik que se había presentado en su casa mucho
tiempo antes, procedente del Volga. Por último vio que
tampoco era el mujik, sino el diablo en persona, con
cuernos y pezuñas; estaba allí sentado, riéndose a
carcajadas, delante de un hombre descalzo, vestido
solo con camisa y pantalón. Pajom miró atentamente
para ver quién era ese hombre y se dio cuenta de que
estaba muerto y de que era él. Se despertó
horrorizado. «¡Hay que ver qué cosas sueña uno!»,
pensó. Miró a su alrededor y a través de la puerta
abierta vio que empezaba a clarear. «Hay que
despertar a la gente —se dijo—. Es hora de partir.» Se
levantó, llamó a su trabajador, que dormía en el carro,
le ordenó que enganchara y se fue a despertar a los
bashkirios.
—Ya es hora de que vayamos a la estepa a medir
la tierra —dijo.
Los bashkirios se levantaron y se reunieron; al poco
rato llegó también el jefe. Entonces se pusieron a beber
kumis y ofrecieron té a Pajom, pero este no quería
perder más tiempo.
—Si hay que ir, vamos —dijo—. Ya es hora.


VIII
Los bashkirios se reunieron y partieron, unos
montados a caballo y otros en carros.
Pajom cogió un azadón y se instaló en su propio
carro, acompañado de su trabajador. Cuando llegaron
a la estepa, empezaba a amanecer. Subieron a una
colina, que en bashkirio se llama shijan. Se apearon de
los carros, descabalgaron y se reunieron. El jefe se
acercó a Pajom y, señalando la estepa con la mano,
dijo:
— Toda la tierra que abarcas con la vista es
nuestra. Elige la que quieras.
Los ojos de Pajom resplandecieron: toda la tierra
estaba cubierta de hierba, era lisa como la palma de la
mano y negra como la semilla de la amapola; en las
hondonadas se veían hierbas de distintas clases, que
llegaban hasta el pecho.
El jefe se quito el gorro de piel de zorro y lo dejó
en el suelo.
—Esta será la marca —dijo—. Partirás de aquí y
aquí volverás. Y toda la tierra que recorras será tuya.
Pajom sacó el dinero, lo puso sobre el gorro, se
quitó el caftán y se quedó solo con la chaqueta sin
mangas; luego se ciñó bien el cinturón bajo la panza, se
estiró, se metió en el seno una bolsa de pan, ató al cinto
una garrafa de agua, se ajustó las botas, cogió el
azadón de manos de su trabajador y se dispuso a
partir. Estuvo un momento pensando por dónde
empezar, pues toda la tierra le parecía buena. «Da lo
mismo —decidió—: iré hacia levante.» Se colocó de
cara al sol y, desperezándose, esperó a que despuntase
en el horizonte. «No debo perder ni un segundo se dijo.
Con la fresca se camina mejor.» En cuanto surgió el sol,
Pajom se echó el azadón al hombro y se internó en la
estepa.
Caminaba con paso intermedio, ni deprisa ni
despació. Después de recorrer una versta, se detuvo,
cavó un agujero, puso un montón de hierba otro para
que se viese bien, y siguió adelante. Había entrado en
calor y se movía con mayor ligereza. Al cabo de un
rato, cavó otro agujero.
Pajom miró a su alrededor. A la luz del sol se veía
bien la colina y la gente que estaba allí, así como el
destello de las ruedas de los carros.
Pajom intuyó que había recorrido ya unas cinco
verstas. Sintió calor, se quitó la chaqueta, se la echó al
hombro y siguió adelante. Recorrió otras cinco verstas.
El calor apretaba. Echó un vistazo al sol: era hora de
desayunar.
«Ha transcurrido ya el primer cuarto de la jornada
—se dijo Pajom—. Aún es pronto para dar la vuelta.
Voy a descalzarme.» Se sentó, se quitó las botas, se las
ató al cinto y reemprendió la marcha. Ahora iba más
ligero. «Recorreré otras cinco verstas y luego giraré a la
izquierda —pensó—. Este lugar es muy bueno y da
pena dejarlo. Cuanto más avanzas, mejor es.» Y siguió
en línea recta. Cuando se volvió, apenas pudo divisar la
colina; los hombres parecían hormigas y se distinguía un
leve resplandor.
«Bueno —pensó Pajom—, por esta parte he
cogido bastante; hay que torcer. Además, estoy
empapado en sudor y tengo sed.» Se detuvo, cavó un
agujero un poco más grande, puso unos trozos de
hierba, desató la garrafa, bebió y giró a la izquierda.
Después de mucho caminar, llegó a un lugar cubierto de
hierba más alta; el calor se volvió sofocante.
Empezaba a sentirse cansado; miró el sol y vio que
era la hora de comer. «Tengo descansar un rato»,
pensó. Pajom se detuvo se sentó. Comió un poco de
pan y bebió agua pero no se tumbó. «Si me tumbo, me
quedaré dormido», se dijo. Estuvo sentado un rato
luego reanudó la marcha. Al principio caminaba a buen
paso. La comida le había dado fuerzas. Pero hacía
muchísimo calor y tenía sueño. Sin embargo, siguió
caminando, mientras pensaba: «Aguanta unas horas y
vivirás como un rey el resto de tu vida».
Caminó también mucho en esa dirección y estaba
ya a punto de girar a la izquierda cuando vio que un
poco más lejos había una hondonada húmeda; le dio
pena dejarla. «Ahí se dará bien el lino», se dijo. Y
siguió en línea recta. Atravesó la hondonada, cavó un
agujero y torció, creando de ese modo una segunda
esquina. Se volvió a mirar la colina: el calor lo había
vuelto todo borroso; algo parecía estremecerse en el
aire y a través de la neblina, apenas se vislumbraba a
los hombres: debían de estar a quince verstas. «He
cogido dos partes muy largas —pensó Pajom—. Esta
tiene que ser más corta.» Caminó un poco en esa
dirección, apretando el paso. Echó un vistazo al sol:
estaba empezando a declinar, y de la tercera parte solo
había recorrido dos verstas. Hasta el lugar de partida
quedaban unas quince. «No —pensó—, aunque quede
una parcela irregular, debo seguir en línea recta, sin
coger demasiado. De todas formas, tengo tierra de
sobra.» Cavó a toda prisa un agujero y se dirigió en
línea recta hacia la colina.


IX
Empezaba a sentirse cansado. Estaba empapado en
sudor y tenía los pies descalzos, llenos de heridas y
magulladuras; las piernas apenas le sostenían. Le
hubiera gustado descansar, pero no podía, pues no
llegaría a tiempo antes del ocaso. El sol no esperaba;
no hacía más que bajar y bajar. «Ah —pensó—, ¿no
me habré equivocado y habré abarcado demasiado?
¿Y si no llego a tiempo?» Contempló la colina y echó
un vistazo al sol: quedaba mucho para llegar al punto de
partida y el sol estaba ya cerca del horizonte.
Siguió caminando, a pesar del cansancio, apretando
cada vez más el paso. Pero por más que andaba,
seguía estando lejos. Finalmente echó a correr. Arrojó
la chaqueta, las botas, la garrafa y el gorro, quedándose
solo con el azadón, en el que se apoyaba. «Ah —pensó
— he sido demasiado codicioso y lo he echado todo a
perder; no lograré llegar antes de la puesta del sol.» Y
ese miedo hacía que respirara aún peor. Pajom corría,
con la camisa y los pantalones pegados al cuerpo por el
sudor; tenía la boca completamente seca. El pecho se le
dilataba como el fuelle de una fragua, el corazón le latía
como un martillo y no sentía ni sus propias piernas.
Aterrorizado, Pajom pensó: «Mientras no muera de
agotamiento».
Tenía miedo de morir, pero no podía detenerse.
«He corrido tanto —se dijo— que, si me detengo
ahora, dirán que soy tonto.» Siguió corriendo; cuando
llegó más cerca oyó que los bashkinos chillaban y
gritaban. Al oírlos, el corazón le latió aún más deprisa.
Pajom hizo acopio de sus últimas fuerzas y siguió
corriendo, mientras el sol se acercaba al horizonte,
cubierto de niebla, grande, rojo, ensangrentado. Estaba
a punto de desaparecer, pero ya no le quedaba mucho
para llegar al punto de partida. Podía ver a los hombres
en la colina, que agitaban los brazos y le animaban.
Distinguía el gorro de piel de zorro en el suelo, con el
dinero encima; el jefe estaba sentado en el suelo y se
sujetaba la panza con las manos. Pajom se acordó de
su sueño: «Tengo mucha tierra, pero quién sabe si Dios
me dejará vivir en ella —pensó—. Ah, estoy perdido.
No llegaré a tiempo».
Echó un vistazo: el sol había alcanzado la tierra; una
de sus partes había desaparecido ya y la otra se
recortaba como un arco contra el horizonte. Con las
últimas fuerzas que le quedaban, Pajom aceleró el paso,
inclinando tanto el cuerpo hacia delante que las piernas
apenas conseguían seguirlo y a cada paso estaba a
punto de caer. Justo cuando llegaba a la colina, se hizo
de noche. Miró a su alrededor y vio que el sol ya se
había puesto. Pajom gimió. «Todos mis esfuerzos han
sido en vano». Estuvo a punto de detenerse, pero oyó
que los bashkirios continuaban chillando; entonces se
dio cuenta de que, aunque allí abajo reinaba la
oscuridad, desde lo alto de la colina aún podía verse el
sol. Pajom tomó aliento y subió corriendo por la ladera.
En lo alto aún había luz. Lo primero que vio fue el
gorro. Delante de él estaba sentado el jefe, riéndose a
carcajadas y sujetándose la panza con las manos.
Pajom se acordó de su sueño y gimió; las piernas le
fallaron, cayó de bruces y alcanzo el gorro con las
manos.
—¡Bravo! —gritó el jefe—. ¡Has ganado mucha
tierra!
El trabajador de Pajom se acercó corriendo y quiso
levantarlo, pero un reguero de sangre le corría por la
boca: estaba muerto.
Los bashkirios chasquearon la lengua para expresar
su tristeza.
El trabajador cogió el azadón, cavó una tumba lo
suficientemente grande para alojar a su amo y lo
enterró. Tres arshines de la cabeza a los pies le
bastaron.

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krat0z.oxa
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